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jueves, 10 de septiembre de 2009

Haz lo que te dé la gana


por Javier Martínez Staines

Todavía hay quienes miden el éxito en la cantidad de horas invertidas trabajando, cuando la base real de medición debiera ser lo que invertimos en hacer lo que realmente queremos. En la lucha por la sobrevivencia, los top managers tienden a confundir los términos: en sus biblias del liderazgo aún dominan ideas como semanas de 60 horas, reuniones maratónicas a la menor provocación, petición de exhaustivos e interminables reportes e ideas de productividad sustentadas en el ya célebre índice hora–nalga–asiento.

El problema de fondo es que hay demasiada gente infeliz en sus empleos. Y esto se debe a que muy pocos hacen lo que les gusta y, más bien, ven cargadas sus agendas de actividades que jamás planearon, que les suponen alejarse más y más de lo que alguna vez les resultó atractivo y retador. Basta con preguntarle a muchos ejecutivos cómo se encuentran y la respuesta siempre incluirá las siguientes palabras: sobresaturación, estrés, agotamiento, insomnio, depresión, úlcera, gastritis, colitis, irritación continua... en fin. Todos tenemos “demasiada chamba”, más allá de lo humanamente razonable, al grado que irse temprano a casa un viernes, por ejemplo, implica cargar, como el Pípila, con una pesada losa de culpas que patean la conciencia durante todo el fin de semana.

La vida en la cumbre corporativa, además de solitaria, se convierte en una trampa constante de obligaciones que están en disputa con el hedonista que todos llevamos dentro. Lo peor es que muy pocas personas se someten a un autoanálisis que les permita cuestionarse en qué momento dejaron escapar la dicha en el trayecto de sus actividades profesionales. Es una de esas cosas que ocurren a través de dosis extremas de inconsciencia y que, a veces, es tarde para reparar. Están por doquier: caminan con rostros cadavéricos por los pasillos, cargando como almas en pena con las tribulaciones de la desdicha acumulada.
¿Es posible ser feliz en el trabajo? Evidentemente, sí. Todos conocemos varios casos, incluso de esos que llegan al didáctico extremo de decir: “Hago lo que me gusta y me pagan por ello”. Ups. Seamos sinceros: cuando escuchamos a alguien con ese entusiasmo, se despiertan dos posibles reacciones: una envidia sincera que nos sumerge en el profundo agujero de la depresión, o la motivación por reformular nuestras actividades cotidianas para encontrar mayor sentido a lo que hacemos.
En realidad, tal como hoy se empieza a comentar con insistencia en las grandes escuelas de negocios, el asunto se reduce a hacer, desde un punto de vista productivo y rentable, lo que auténticamente nos viene en gana.
Sin deleite, la temporada en el infierno puede convertirse en una condena a cadena perpetua. No hay otro remedio que hacer lo que nos gusta hacer.

El autor es director editorial de Grupo Expansión y es un hedonista incontrolable que sí encuentra mucho placer en su trabajo.

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