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viernes, 20 de noviembre de 2009

Revolución fallida

Ezra Shabot


Al celebrarse el 99 aniversario del inicio de la Revolución Mexicana, la idea de que este acontecimiento transformó al país en el siglo XX, de una sociedad porfirista de autoritarismo, opulencia y miseria, a otra de democracia, redistribución de la riqueza y democracia, resulta falsa y propia de la mitología histórica de nuestro país. El régimen revolucionario, institucionalizado desde 1929 y transformado en su liderazgo cada sexenio hasta el año 2000, ni redistribuyó ingreso ni trajo consigo el desarrollo de un sistema democrático. El secreto de su estabilidad se basó en el sometimiento sexenal a la voluntad del presidente en turno, y a la circulación de una clase política disciplinada e incluso sumisa.

Pero el resultado de la institucionalización y cooptación de liderazgos políticos y sociales, y el crecimiento económico de algunos periodos, no consiguió sacar a las mayorías de la pobreza. Para el momento en que el PRI perdió la Presidencia a manos de Fox y el PAN, producto de un movimiento democratizador surgido de la fractura interna del PRI en la figura de Cuauhtémoc Cárdenas y de la presión social presente durante décadas, más de la mitad de la población mexicana vivía por debajo de la línea de pobreza.

No se trata de afirmar que nada se construyó en 70 años de regímenes revolucionarios, pero el saldo final es negativo. Ni democracia ni justicia social como resultado del mito histórico producido en 1910. El problema ahora es que destruir un mito de esta naturaleza implica derrumbar un elemento de identidad nacional e histórica. Cuando Mijail Gorbachov pedía a los soviéticos que no derribaran las estatuas de Lenin durante la caída del socialismo realmente existente, lo hacía porque a pesar de lo que representaba el revolucionario ruso en términos de violencia y represión, era el símbolo de un Estado soviético que Gorbachov intentaba mantener aun sin la existencia del régimen comunista.

Las estatuas de Lenin cayeron al igual que el Estado soviético, y por ello los mitos fundacionales se intentan mantener a pesar de sus contradicciones y falsedades. La Revolución Mexicana y sus líderes, los cuales se liquidaron entre sí hasta que el pacto del 29 permitió superar paulatinamente la violencia, son partes de una historia que seguiremos festejando, aunque lo que el país requiera sea romper y superar ese fracaso socioeconómico llamado “régimen de la Revolución”.

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