Sergio Sarmiento
Las fiestas del bicentenario se han convertido en una demostración más de cómo los políticos se burlan de los ciudadanos. Como si la Estela de Luz de 690 millones de pesos que llegará más de un año tarde, el espectáculo de 672 millones de pesos para el 15 de septiembre que se encargó al australiano Ric Birch o la Expo Bicentenario de 1,100 millones de pesos no fueran suficientes, ahora la Conade ratifica que tomará el Paseo de la Reforma durante varios días en octubre para convertirlo en pista de atletismo y piscina.
Atletas como el estadounidense Michael Phelps, el mismo que ha sido cuestionado por su uso recreativo de marihuana, harán una breve presentación, cobrarán sus cheques de cientos de miles de dólares y se irán del país. El espectáculo nos costará a los contribuyentes, nos dicen, 100 millones de pesos.
Es notable que en esta celebración patria el gobierno panista se deja llevar por el malinchismo: todo lo extranjero es mejor que lo mexicano. Una de las razones del retraso de la Estela de Luz es la exigencia de los arquitectos de usar materiales importados. El festejo del 15 debe ser montado por un australiano radicado en Milán. Los atletas del festival con el que Bernardo de la Garza le quitará durante unos días el Paseo de la Reforma al gobierno capitalino son, por supuesto, extranjeros.
El secretario de Educación, Alonso Lujambio, se molesta con quienes cuestionan el desperdicio de recursos en esta celebración. Preguntar qué vamos a festejar revela "una mezquindad en la relación entre los mexicanos... Yo estoy convencido -dice- que sería un desperdicio imperdonable para los mexicanos que no celebremos con alegría, con júbilo, los 200 años de nuestra independencia, sería un desperdicio con nuestros hijos y nuestros nietos que nos reclamarían tarde o temprano".
Las palabras del secretario hacen recordar las justificaciones de Porfirio Díaz por el boato de los festejos del centenario. La verdad es que ni los hijos ni los nietos de la generación de 1910 le reclamaron nunca a Díaz por no haber gastado más en esa celebración. Los problemas reales del país son más importantes para las generaciones venideras que la magnificencia de una fiesta.
Mario Delgado, secretario de Educación del gobierno del Distrito Federal, ofrece lo que Lujambio llamaría la visión "mezquina". Con los 3 mil millones de pesos que costarán los festejos del bicentenario del gobierno federal, señala, se podrían otorgar 600 mil becas a los estudiantes de todo el país. "El gobierno capitalino -continúa- está gastando 1,200 millones de pesos en 200 mil adolescentes. Nosotros estamos llegando a estos 200 años aprendiendo del pasado, pero apostándole al futuro y éste son los jóvenes".
Entiendo que el secretario Lujambio es un hombre muy ocupado, pero quizá éste sería un buen momento para releer (supongo) El laberinto de la soledad de Octavio Paz. En México, "Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos. Somos un pueblo ritual... Cada año, el 15 de septiembre a las once de la noche, en todas las plazas de México celebramos la Fiesta del Grito; y una multitud enardecida efectivamente grita por espacio de una hora, quizá para callar mejor el resto del año.... Nuestra pobreza puede medirse por el número y la suntuosidad de las fiestas populares... Las fiestas son nuestro único lujo".
Lo peor de todo es que a 200 años del inicio de la guerra de la independencia, y a 100 de los festejos de Porfirio Díaz, el gobierno federal parece no haber aprendido nada de la historia o de las reflexiones de Octavio Paz.
www.sergiosarmiento.com
miércoles, 25 de agosto de 2010
domingo, 22 de agosto de 2010
Más sobre las mentadas bolsas...
Biodegradables Por Sergio Sarmiento
A los políticos les gusta prohibir. Ésa es la razón real de la decisión del gobierno capitalino de proscribir el "regalo" de bolsas de plástico en tiendas o supermercados. La medida en nada ayudará al ambiente.
Las bolsas de plástico con las que se empacan los productos en tiendas y supermercados representan menos de 1 por ciento de la basura. Pero vamos a suponer que, efectivamente, las autoridades logren que el 100 por ciento sea remplazado por otras de plástico "biodegradable". ¿Ayudaría esto a resolver un 1 por ciento de los problemas del ambiente? Para nada. El éxito agravaría los problemas ambientales.
Las bolsas "biodegradables" sólo sirven para promover la imagen ecologista de los políticos y aliviar las culpas de las buenas conciencias. Su impacto sobre el ambiente puede ser peor que el polietileno.
Hay dos tipos de plástico biodegradable. Uno es un plástico normal al que se aplica un aditivo químico. El otro se elabora a partir de productos naturales, como el maíz. Los dos tienen problemas.
El primero es el costo. Los plásticos biodegradables son significativamente más caros que los tradicionales, aunque éste es un problema que la tecnología y un aumento en el volumen de producción podrían resolver. Lo más significativo, sin embargo, es que pueden ser más dañinos para el ambiente que los tradicionales.
Los plásticos biodegradables suelen requerir mayor energía para su fabricación. Esto aumenta el calentamiento global. Los que se fabrican de productos naturales, principalmente maíz, roban tierra agrícola a los alimentos. Si realmente se generalizara su producción, se provocaría una crisis de alimentos similar o más seria que la originada por el empleo del maíz para la producción de etanol.
Los plásticos a los que se añaden químicos dejan al degradarse fragmentos que duran tanto tiempo en el ambiente como los plásticos tradicionales. Su proceso de descomposición, por otra parte, emite grandes cantidades de dióxido de carbono que contribuye al calentamiento de la atmósfera.
Para ser resistentes, las bolsas de plástico biodegradable deben ser bastante más gruesas que las de plástico ultradelgado que se emplean actualmente en los supermercados. A pesar de que tienen un proceso de degradación más rápido, terminan por representar un problema ambiental mayor por su volumen.
Para realmente ser biodegradables, los plásticos necesitan estar en un ambiente de temperaturas altas y alta oxigenación. Estas condiciones no se dan en los rellenos sanitarios ni siquiera de los países avanzados. Se necesitan plantas industriales para ello. En los tiraderos al aire libre de México el plástico biodegradable no se descompone más rápido que el tradicional.
Un problema técnico muy serio consiste en definir qué es biodegradable. Los especialistas en Estados Unidos y Europa se han peleado durante años para determinar qué productos son realmente dignos de esta políticamente correcta designación. Muchos de los productos que se presentan como biodegradables realmente no lo son. Esto es importante porque en la nueva Ley de Residuos Sólidos de la Ciudad de México se permite regalar bolsas de plástico biodegradable mientras se prohíben las de plástico pero sin ofrecer especificaciones técnicas del material. La verdad es que en nuestros tiraderos de basura ningún plástico es realmente biodegradable.
El problema de los residuos de plástico es real. Para resolverlo hay que tomar medidas inteligentes. Prohibir que se den bolsas de plástico en los supermercados es una simple estupidez.
Cumpleaños
"Tú eres México. Cumples 200 años". La frase del gobierno federal nos ataca en toda suerte de anuncios. Si fuera verdad significaría que ni Cuauhtémoc, el joven abuelo, ni sor Juana Inés de la Cruz serían mexicanos. Qué triste que nuestros gobernantes quieran definir una nación que excluye a mexicanos de esta estatura.
A los políticos les gusta prohibir. Ésa es la razón real de la decisión del gobierno capitalino de proscribir el "regalo" de bolsas de plástico en tiendas o supermercados. La medida en nada ayudará al ambiente.
Las bolsas de plástico con las que se empacan los productos en tiendas y supermercados representan menos de 1 por ciento de la basura. Pero vamos a suponer que, efectivamente, las autoridades logren que el 100 por ciento sea remplazado por otras de plástico "biodegradable". ¿Ayudaría esto a resolver un 1 por ciento de los problemas del ambiente? Para nada. El éxito agravaría los problemas ambientales.
Las bolsas "biodegradables" sólo sirven para promover la imagen ecologista de los políticos y aliviar las culpas de las buenas conciencias. Su impacto sobre el ambiente puede ser peor que el polietileno.
Hay dos tipos de plástico biodegradable. Uno es un plástico normal al que se aplica un aditivo químico. El otro se elabora a partir de productos naturales, como el maíz. Los dos tienen problemas.
El primero es el costo. Los plásticos biodegradables son significativamente más caros que los tradicionales, aunque éste es un problema que la tecnología y un aumento en el volumen de producción podrían resolver. Lo más significativo, sin embargo, es que pueden ser más dañinos para el ambiente que los tradicionales.
Los plásticos biodegradables suelen requerir mayor energía para su fabricación. Esto aumenta el calentamiento global. Los que se fabrican de productos naturales, principalmente maíz, roban tierra agrícola a los alimentos. Si realmente se generalizara su producción, se provocaría una crisis de alimentos similar o más seria que la originada por el empleo del maíz para la producción de etanol.
Los plásticos a los que se añaden químicos dejan al degradarse fragmentos que duran tanto tiempo en el ambiente como los plásticos tradicionales. Su proceso de descomposición, por otra parte, emite grandes cantidades de dióxido de carbono que contribuye al calentamiento de la atmósfera.
Para ser resistentes, las bolsas de plástico biodegradable deben ser bastante más gruesas que las de plástico ultradelgado que se emplean actualmente en los supermercados. A pesar de que tienen un proceso de degradación más rápido, terminan por representar un problema ambiental mayor por su volumen.
Para realmente ser biodegradables, los plásticos necesitan estar en un ambiente de temperaturas altas y alta oxigenación. Estas condiciones no se dan en los rellenos sanitarios ni siquiera de los países avanzados. Se necesitan plantas industriales para ello. En los tiraderos al aire libre de México el plástico biodegradable no se descompone más rápido que el tradicional.
Un problema técnico muy serio consiste en definir qué es biodegradable. Los especialistas en Estados Unidos y Europa se han peleado durante años para determinar qué productos son realmente dignos de esta políticamente correcta designación. Muchos de los productos que se presentan como biodegradables realmente no lo son. Esto es importante porque en la nueva Ley de Residuos Sólidos de la Ciudad de México se permite regalar bolsas de plástico biodegradable mientras se prohíben las de plástico pero sin ofrecer especificaciones técnicas del material. La verdad es que en nuestros tiraderos de basura ningún plástico es realmente biodegradable.
El problema de los residuos de plástico es real. Para resolverlo hay que tomar medidas inteligentes. Prohibir que se den bolsas de plástico en los supermercados es una simple estupidez.
Cumpleaños
"Tú eres México. Cumples 200 años". La frase del gobierno federal nos ataca en toda suerte de anuncios. Si fuera verdad significaría que ni Cuauhtémoc, el joven abuelo, ni sor Juana Inés de la Cruz serían mexicanos. Qué triste que nuestros gobernantes quieran definir una nación que excluye a mexicanos de esta estatura.
La tontería de las bolsas...
Enrique Quintana
Uno de los adagios más ciertos, sobre todo en México, es que de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno
Un ejemplo de ello es el caso de las bolsas de plástico en el DF.
A partir del día de ayer, tendría que haber comenzado a operar en el Distrito Federal una reforma de ley orientada a la defensa del medio ambiente: la que prohíbe que los comercios "regalen" bolsas de plástico que no sean degradables, en el empaque de la mercancía que ofrecen al público en general.
¿Cuál es la lógica detrás de la medida?
Que las bolsas de plástico contaminan cuando se arrojan en la vía pública y que es un producto que no se degrada pronto cuando se coloca en tiraderos.
Por lo tanto, habría que eliminar el incentivo económico para que los comercios las "regalen" y, por contra, incentivar el uso de empaques como los biodegradables, oxodegradables o reusables.
Hasta este punto todo parecería bien.
Pero resulta que de repente las autoridades se dieron cuenta de que en términos prácticos, la legislación se volvió inaplicable porque se requeriría un ejército de inspectores que verificara en los cientos de miles de comercios que no se dieran bolsas de plástico, que impusiera las multas y... que no fuera otro ejército de extorsión a los ciudadanos y empresarios, como tantos otros que hay en el DF. Total, hasta ahora no hay reglamento.
Pero, además, los legisladores olvidaron un principio económico fundamental, de esos que se aprenden en el primer año de la carrera: en este mundo, no hay nada gratis.
Y resulta que los comerciantes sí se acordaron de él, y explicaron -algunos incluso con carteles en las tiendas- que las bolsas de plástico usadas en el empaque de los productos no se regalan a los consumidores, sino que su costo es sufragado por ellos y está incluido en el precio final, así como lo está el costo de la refrigeración, del almacenaje, etc.
Lo cual es estrictamente cierto.
Es como si usted, cuando compra una botella de agua, comprara el líquido y pensara que la empresa embotelladora le "regala" el contenedor.
En México tenemos con frecuencia la tendencia a darles soluciones simplistas a problemas complejos.
Como las bolsas contaminan, pues entonces que se multe a quienes las regalen.
Pues ya se vio desde el día de ayer que esa estrategia simplemente no funciona.
Es correcto que se quiera usar el sistema de precios para generar señales ambientales. Pero hay que hacerlo bien y ser coherentes.
¿Sabe usted por qué en el DF y en todos los estados pagan menos tenencia los autos más contaminantes? Porque se supone que tienen un menor valor económico y están en manos de personas con menos recursos.
Bueno, pues se puede argumentar lo mismo en el caso de las bolsas.
Las políticas ambientales deben ser coherentes y aplicables.
Nada más pro ambiental que prohibir mañana el uso de vehículos que utilicen gasolinas o de plano prohibir todos los empaques plásticos que no sean biodegradables.
¿Piensa que alguien sensato lo va a proponer? Evidentemente no.
Ojalá que en esta materia, como en todas las políticas públicas, dejemos de tener sólo buenas intenciones, para tener políticas coherentes, viables y efectivas.
De lo contrario, probablemente sigamos caminando hacia el infierno.
enrique.quintana@reforma.com
Uno de los adagios más ciertos, sobre todo en México, es que de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno
Un ejemplo de ello es el caso de las bolsas de plástico en el DF.
A partir del día de ayer, tendría que haber comenzado a operar en el Distrito Federal una reforma de ley orientada a la defensa del medio ambiente: la que prohíbe que los comercios "regalen" bolsas de plástico que no sean degradables, en el empaque de la mercancía que ofrecen al público en general.
¿Cuál es la lógica detrás de la medida?
Que las bolsas de plástico contaminan cuando se arrojan en la vía pública y que es un producto que no se degrada pronto cuando se coloca en tiraderos.
Por lo tanto, habría que eliminar el incentivo económico para que los comercios las "regalen" y, por contra, incentivar el uso de empaques como los biodegradables, oxodegradables o reusables.
Hasta este punto todo parecería bien.
Pero resulta que de repente las autoridades se dieron cuenta de que en términos prácticos, la legislación se volvió inaplicable porque se requeriría un ejército de inspectores que verificara en los cientos de miles de comercios que no se dieran bolsas de plástico, que impusiera las multas y... que no fuera otro ejército de extorsión a los ciudadanos y empresarios, como tantos otros que hay en el DF. Total, hasta ahora no hay reglamento.
Pero, además, los legisladores olvidaron un principio económico fundamental, de esos que se aprenden en el primer año de la carrera: en este mundo, no hay nada gratis.
Y resulta que los comerciantes sí se acordaron de él, y explicaron -algunos incluso con carteles en las tiendas- que las bolsas de plástico usadas en el empaque de los productos no se regalan a los consumidores, sino que su costo es sufragado por ellos y está incluido en el precio final, así como lo está el costo de la refrigeración, del almacenaje, etc.
Lo cual es estrictamente cierto.
Es como si usted, cuando compra una botella de agua, comprara el líquido y pensara que la empresa embotelladora le "regala" el contenedor.
En México tenemos con frecuencia la tendencia a darles soluciones simplistas a problemas complejos.
Como las bolsas contaminan, pues entonces que se multe a quienes las regalen.
Pues ya se vio desde el día de ayer que esa estrategia simplemente no funciona.
Es correcto que se quiera usar el sistema de precios para generar señales ambientales. Pero hay que hacerlo bien y ser coherentes.
¿Sabe usted por qué en el DF y en todos los estados pagan menos tenencia los autos más contaminantes? Porque se supone que tienen un menor valor económico y están en manos de personas con menos recursos.
Bueno, pues se puede argumentar lo mismo en el caso de las bolsas.
Las políticas ambientales deben ser coherentes y aplicables.
Nada más pro ambiental que prohibir mañana el uso de vehículos que utilicen gasolinas o de plano prohibir todos los empaques plásticos que no sean biodegradables.
¿Piensa que alguien sensato lo va a proponer? Evidentemente no.
Ojalá que en esta materia, como en todas las políticas públicas, dejemos de tener sólo buenas intenciones, para tener políticas coherentes, viables y efectivas.
De lo contrario, probablemente sigamos caminando hacia el infierno.
enrique.quintana@reforma.com
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