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martes, 28 de septiembre de 2010

La consumacion

"La independencia siempre fue mi deseo; la dependencia siempre fue mi destino".


Paul Verlaine

Felicidades. Hoy es el verdadero aniversario de la independencia de México. ¿El 28 de septiembre? Efectivamente.


El 15 de septiembre de 1810 México no alcanzó su independencia. El festejo en esa fecha procede simplemente del hecho que se adelantaron las celebraciones del inicio de la guerra de 1810 para hacerlas coincidir con el cumpleaños de Porfirio Díaz.


Tampoco podemos festejar el aniversario, a pesar de todo el dinero gastado en el Bicentenario, el 16 de septiembre. Con el Grito de Dolores, Miguel Hidalgo no logró la independencia. Ni siquiera hizo Hidalgo el 16 de septiembre un llamamiento para obtenerla, sino para preservar los derechos de la corona de la Nueva España para Fernando VII, a quien los sublevados veían como el monarca legítimo español.


La independencia real de México tampoco tuvo lugar el 27 de septiembre de 1821. Ésa fue la fecha cuando el Ejército de las Tres Garantías encabezado por Agustín de Iturbide ingresó triunfante a la Ciudad de México. En ese momento concluía la guerra, pero México no alcanzaba todavía la independencia.


Iturbide tomó el 27 de septiembre como fecha de la independencia del país porque así convenía al interés personal de quien aspiraba a convertirse en emperador de México. Ése era el día de su cumpleaños. Iturbide buscaba, al igual que don Porfirio años después, que se le identificara en lo personal con la independencia de México. Los grupos conservadores del siglo XIX tomarían ese 27 de septiembre como la fecha de la independencia del país, que hoy no se celebra precisamente porque fue bandera conservadora.


La verdad histórica, sin embargo, es que la independencia de México se consumó el 28 de septiembre de 1821. Ese día se firmó el Acta de Independencia del Imperio Mexicano, la cual señalaba: "La Nación Mexicana, que por trescientos años, ni ha tenido voluntad propia, ni libre uso de la voz, sale hoy de la opresión en que ha vivido... Los heroicos esfuerzos de sus hijos han sido coronados, y está consumada la empresa, eternamente memorable que un genio, superior a toda admiración y elogio, amor y gloria de su Patria, inició en Iguala, prosiguió y llevó al cabo arrollando obstáculos casi insuperables... Restituida, pues, esta parte del Septentrión al exercicio de cuantos derechos le concedió el Autor de la Naturaleza".


A partir de la firma de esta Acta de Independencia México empezó a ser reconocido por otros países y a actuar como nación soberana. Los reconocimientos internacionales se dieron de manera gradual. Los primeros provinieron de naciones latinoamericanas -Chile, Perú y Colombia- que también estaban alcanzando su independencia. México envió a Washington a un ministro plenipotenciario, José Manuel Zozaya, desde 1822, pero Estados Unidos sólo nombró al suyo, Joel Poinsett, en 1825, con el encargo de negociar un tratado de límites con la nueva nación. La Gran Bretaña reconoció a México en 1825, pero otros países europeos consideraban a España como la legítima representante de la soberanía de México. Las cosas cambiaron en 1836 cuando primero El Vaticano y después España reconocieron la independencia de México.


Nuestro país, sin embargo, sólo pudo obtener estos reconocimientos sobre la base de la firma del Acta de Independencia hecha por la Junta Soberana "en la capital del Imperio a veinte y ocho de setiembre del año de mil ochocientos veinte y uno, Primero de la Independencia Mexicana".


Toma de nota

El secretario del Trabajo, Javier Lozano, ha señalado que se ha rechazado la toma de nota al Comité Central del Sindicato Mexicano de Electricistas encabezado por Martín Esparza. Para reponer la elección de 2009, Esparza tendría que llegar a un acuerdo con Alejandro Muñoz, el ex tesorero que encabezó la planilla disidente. La decisión posiblemente abrirá las puertas a una nueva oleada de manifestaciones, plantones y bloqueos de calles por parte del SME.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Antimexicanos

"Cada año, el 15 de septiembre a las once de la noche, en todas las plazas de México, celebramos la fiesta del Grito; y una multitud enardecida efectivamente grita por espacio de una hora, quizá para callar mejor el resto del año".

Octavio Paz

Me cuestionan severamente varios funcionarios públicos, lectores e incluso amigos por los artículos en que he criticado el gasto de los festejos del bicentenario. ¿Qué no eres patriota?, me dicen. ¿No quieres a México?


Por supuesto que quiero a México, pero amar al país no significa dejar de lado una actitud crítica que ha sido, de hecho, uno de los pilares más sólidos de la nación mexicana.


No podemos olvidar que estamos festejando hoy el bicentenario de un acto de rebeldía, el cual llevó al cura Miguel Hidalgo a encabezar un movimiento armado en contra del gobierno virreinal. A Hidalgo se le llamó traidor y antipatriota y por ello se le ejecutó en 1811, pero hoy se le venera como el padre de la patria mexicana.


Francisco I. Madero estaba en la cárcel en septiembre de 1910 cuando el presidente Porfirio Díaz presidió los festejos del centenario de la independencia. Se le consideraba traidor a la patria y antimexicano por haber osado postularse como candidato a la Presidencia de la República en oposición a Díaz, el Presidente que había dado tranquilidad a México durante más de tres décadas. Hoy Madero es también uno de los héroes más brillantes del panteón nacional.


A Octavio Paz, cuando publicó El laberinto de la soledad en 1950 y en varias ocasiones posteriores, se le tildó de antimexicano por haber cuestionado al gobierno y al sistema político mexicano. La crítica se extendió al Grito, que consideraba como un ritual para no gritar el resto del año. Hoy Paz es un orgullo nacional por haber ganado el Premio Nobel de literatura.


El propio presidente Felipe Calderón, como muchos panistas, fue señalado como antimexicano en los tiempos en que se distinguió por ser un aguerrido dirigente del Partido Acción Nacional. Hace algunos años, de hecho, el ex presidente Ernesto Zedillo le recordó a Calderón en una sesión del Foro Económico Mundial de Davos lo duro que había sido como jefe de la oposición. El propio presidente Calderón reconoció que las cosas se ven distintas cuando a uno le toca ejercer el poder.


Criticar una política o una decisión gubernamental no lo hace a uno antimexicano. Por el contrario, quedarse callado puede ser la verdadera traición al país.


Yo reconozco la espectacularidad de los festejos del bicentenario. No me tocó vivir, por supuesto, la celebración del centenario durante la Presidencia de Díaz, pero al parecer la del presidente Calderón la superó en fasto y gasto. Aun los festejos más caros, sin embargo, pueden salir mal y, hasta donde yo pude ver, los de estos 15 y 16 de septiembre fueron impecables.


Mantengo, no obstante, mi posición personal de que pudimos haber tenido una celebración menos fastuosa y costosa pero igualmente emotiva. Esto no me hace antimexicano. Estoy convencido, por ejemplo, de que Benito Juárez fue un Presidente profundamente nacionalista aunque haya mantenido un gobierno tan austero que se le tildaba de tacaño. Quizá Juárez no habría tenido festejos tan vistosos por la independencia como los de Díaz o los del actual gobierno, pero eso no significa que no tuviera amor por México. Muchos mexicanos, de hecho, podemos ser críticos del gobierno o del costo de los festejos sin dejar de amar profundamente a nuestro país.


VIVA MÉXICO

La lectora Mónica Creel critica mi artículo del 15 de septiembre: "Cómo que fallida fiesta. Ni siquiera sabes bien cómo va a estar y ya le estás dando ese adjetivo negativo.... Yo fui el domingo al Zócalo a ver la iluminación y ya era una fiesta, estaba lleno y todos felices... Sí es mucho gasto, [pero] seguro si fuera más austera también se criticaría. Es una fiesta que hasta [dentro] de 100 años habrá otra... Estamos de fiesta y no hay que aguarla".

Sergio Sarmiento

jueves, 16 de septiembre de 2010

Heroes y mitos

"La historia de bronce debe someterse a una crítica severa".


Enrique Krauze


Enrique Krauze, un hombre que nació el 16 de septiembre, difícilmente podía evitar la tentación de reflexionar sobre la historia de México. Lo ha hecho, en efecto, con honestidad y acuciosidad durante la mayor parte de su vida.


En este 2010 Krauze ha publicado un nuevo libro, De héroes y mitos, con ensayos sobre los temas cuya reflexión debería haber marcado los festejos del bicentenario en lugar del boato que hemos vivido. El autor cuestiona la "historia de bronce" y escribe: "México ha vivido de héroes y mitos, y esa condición nos ha costado cara porque ha generado en nosotros falsos recuerdos, ha exagerado nuestros reflejos, ha mantenido viejas llamas, nos ha vuelto a veces amargos y soberbios".


El impoluto Miguel Hidalgo de nuestra mitología, por ejemplo, es distinto del que con "frenesí destructivo" permitió la salvaje matanza de la alhóndiga de Granaditas e hizo asesinar a cientos de españoles en Guadalajara y Valladolid. Muchas de las mujeres y niñas asesinadas por órdenes de Hidalgo fueron también violadas. Un amigo torero de Hidalgo, Joaquín Marroquín, toreaba a los prisioneros y los mataba con estoque. Cuando se le preguntó a Hidalgo en el juicio de la Inquisición por qué no había procesado a los españoles, él respondió que porque sabía que eran inocentes.


Escribe Krauze: "A 200 años de distancia, todo mexicano se emociona con su hazaña, pero no todos saben que Hidalgo (el 'viejito' de Dolores, el amigo de los indios, el criador de gusanos de seda) fue también el frenético líder de una Guerra Santa cuyas crueldades recuerdan vagamente los violentos fundamentalismos de nuestro tiempo. Era un hombre de carne y hueso".


No es malo que Hidalgo haya sido de carne y hueso. Sus debilidades dan realce a sus innegables virtudes. Pero los fabricantes de la "historia de bronce" se han negado a aceptar o divulgar cualquier falta del padre de la patria.


Así como han creado héroes sin mancha, como Hidalgo, Morelos, Juárez o Madero, para el culto popular, han forjado también villanos a modo, como Iturbide, López de Santa Anna, Miramón o don Porfirio, para contrastarlos con los héroes. Esta visión maniquea de la historia nos impide ver los errores de los próceres o los actos positivos de los villanos. Se le escatima a Agustín de Iturbide la consumación de la independencia y a Miguel de Miramón su papel como "niño héroe" en la defensa del castillo de Chapultepec en 1847.


Hemos llegado a venerar, en lo que Krauze llama "necrofilia histórica", los restos mortales de los próceres como si fueran santos. El macabro paseo de los huesos de los héroes, de hecho, "es un viejo ritual cívico". El Congreso ordenó en septiembre de 1823 una procesión con los cráneos de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez. Don Porfirio repitió el ritual en 1895, cuando los restos se extrajeron de la catedral, y en 1910. En 1921 hubo una nueva procesión, sólo que ahora el presidente Álvaro Obregón desfiló junto a los muertos. En 1925 Plutarco Elías Calles colocó los huesos en el Ángel de la Independencia, de donde los sacó en 2010 Felipe Calderón para ponerlos en exhibición pública en Palacio Nacional.


En su libro De héroes y mitos Krauze nos invita a meditar sobre la verdadera historia, ésa que se ha olvidado en la historia de bronce, en el dispendio de la fiesta o en la toma del Paseo de la Reforma. De hecho, el bicentenario se convierte en una oportunidad perdida para reflexionar, como hace Krauze, sobre la historia y sobre las lecciones que ésta nos ofrece para el futuro de México.


BANDERAS

Me entristece en este bicentenario haber visto pocas banderas mexicanas. Parece haber hoy menos patriotismo en el ambiente del que teníamos en cualquier festejo anterior de la independencia. Me siento un poco mejor, sin embargo, cuando veo las encuestas y me doy cuenta de que el ánimo de festejo es mucho mayor fuera de la Ciudad de México.

viernes, 3 de septiembre de 2010

German

"... ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar".

Antonio Machado

El hecho de que no haya publicado su columna ayer me dio mala espina. Tenía que ocurrir algo verdaderamente importante para que Germán Dehesa no compartiera su pensamiento con los lectores.


Tampoco me gustaba, debo decirlo, que súbitamente le hubiesen empezado a llover tantos homenajes. Los reconocimientos deben darse a quienes han terminado ya su trayectoria, pensaba yo, y Germán tiene todavía mucho que escribir, que reflexionar, que darnos a sus lectores y amigos.


Si bien, como él mismo reconocía entre sonrisas, estaba bastante golpeado por la vida, Germán no era un hombre viejo. Tenía apenas 66 años de edad. Su columna fue publicada por última vez apenas este miércoles 1o. de septiembre. Su sentido de humor mordaz, sus reflexiones políticas, sus peticiones para apoyar a quienes menos tienen estaban presentes con toda su fuerza.


El 11 de agosto Germán recibió un homenaje como Ciudadano Distinguido por el gobierno del Distrito Federal. Hoy mismo tendría otro de la Universidad Nacional Autónoma de México. En unos días más le tocaría el turno al gobierno de Veracruz. Parecía que súbitamente todo el mundo quería ofrecerle un homenaje a un hombre que se había convertido en un compañero cotidiano de muchos gracias a una de las columnas más leídas del país.


Yo fui más afortunado que muchos. Tuve la ocasión de conocer a Germán desde hace años y de gozar de su amistad y de su ingeniosa conversación. El sentido del humor que hizo famosos sus escritos lo tenía también en las reuniones en las que coincidíamos.


Su cultura era enciclopédica, aunque amplia y a veces desordenada. Con él se podía hablar de todo, desde Borges hasta el último juego de futbol, particularmente si era de sus amados Pumas, pero también de futbol americano, de música o de política.


A veces parecía que no había asunto que no pudiera tomar y transformar para convertir en humorístico. Pero al mismo tiempo parecía que no había límite a su capacidad para interesarse por la suerte de los demás y para ayudarlos. Podían ser los tarahumaras, sumidos en el frío del invierno y a quienes había que llevar cobijas, o los damnificados de alguna inundación en el sur del país.


Germán no tenía paciencia con quienes limitan su generosidad con un "No se puede". Para él no había nada imposible. Si la ayuda que había logrado reunir para algunos damnificados estaba varada en alguna bodega y necesitaba un camión o un avión para llegar a su destino, él encontraba ese transporte de una manera u otra.

Algunos lectores casuales no entendían la popularidad de las columnas de Germán. "Pero si siempre habla de su familia", decían. Y quizá lo hacía con frecuencia. Sus escritos, sin embargo, estaban marcados también por reflexiones profundas sobre la naturaleza humana y sobre los problemas del país, y se desarrollaban con un lenguaje ágil y lleno de recursos populares y cultos que hacían una delicia la lectura. Cientos de miles, quizá millones de lectores en todo el país, por otra parte, lo consideraban ya parte de su familia.

Me da gusto leer que murió sentado en su sillón y rodeado de miembros de su familia. No habría existido peor tortura para este hombre forjado en la libertad que permanecer atado durante meses a los tubos de un hospital. Emprendió el último viaje, como decía Machado, "ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar". Aunque también lo hizo acompañado, lo sé, por los pensamientos de tantos a los que siempre supo dar un toque de alegría, un momento de reflexión.

Sergio Sarmiento